Te lo debo todo. Sólo tú conseguiste cambiarme. Tú, te hiciste esclava de mis días evitando que presenciara la soledad. Me salvaste de esa desconfianza en todo, de ese sin sentir. Y fue precisamente aquello, sentir, lo que se convirtió en la más preciada rutina. Llévame de nuevo a nuestro lugar, donde no hay espacio para nadie más. No existe dios alguno que se equipare a ti, es imposible escuchar tu melodía y no creer únicamente en ella.
Cuando callas, el mundo se queda vacío. Y comienzo a sentir como aprieta el corazón, se va encogiendo. Oigo sus latidos fuerte y lentamente. Sí, aún el pulso sigue el último ritmo que inventamos.
Con tan sólo un leve escalofrío lo dijeron todo. No hacía falta palabras que rompieran el silencio que tanto les unía. Los segundos escapaban en cada una de sus espiraciones. Porque volver nunca fue fácil, y menos rápido. Pero conectaban de tal forma que, por mucho que vendaran sus ojos, las pupilas ya se habían encargado de rasgar la venda. Para no olvidarse el uno al otro, para no agotarse. Aún así vivían con temor a decir ‘te quiero’.
¿Sabes? Quiero robarle al tiempo las miradas, que yo me quedo esperando, echándote de menos. Evitando las lágrimas y saturar los pensamientos. Esto de dudar del tiempo se ha vuelto rutina, lo mismo que soñarte.
Dime, ¿Cuándo se detiene el llanto si tu encarcelas mis sonrisas con tus lágrimas?¿Cuándo, en qué preciso instante, alguien llega a importarte tanto? ¿Cuándo decidimos escribir con tinta permanente este pasaje?
Dime, ¿en qué instante comenzaron a temblar mis entrañas de tanto quererte y desvelaron lo que ya no se podía callar?
Quizás querer es demasiado hasta que se vuelva insuficiente.